Origen del río Llullán

La figura de una bella y valiente mujer surge cuando el ejército inca, liderado por el general Cusi Yupanqui (conocido como Pachacútec), sitia a la gran nación Huaylas.

Cuenta la leyenda que los oficiales Huaylas, reconociendo la valentía y arrojo de sus soldados, necesitaban conocer la estrategia de ocupación inca. Así iniciaron la selección de un espía.

La espía huaylina

Sin embargo, entre muchos postulantes varones, eligieron a Llulla, una hermosa joven de la nobleza que estaba dispuesta a cumplir la peligrosa misión de espionaje.

Así, Llulla parte de Huaylas con la tarea de calcular la cantidad de soldados, armas, ubicación y sobre todo bajar la guardia del ejército incaico.

Bastó una corta travesía para encontrar a un grupo de soldados enemigos que buscaban el camino diplomático con caciques de los pueblos aledaños.

Ella declara ser parte del linaje Huaylas y es capturada pacíficamente. Por eso es trasladada al campamento principal para ser interrogada.

Con mucha cordialidad y tranquilidad convenció a los oficiales incas que su pueblo estaba dispuesto a entregar el territorio en paz, sin batallas, sin luchas y pérdidas de vidas humanas.

Esa versión permitió la inmediata liberación de Llulla. Al sentirse libre, aceleró el paso por caminos secretos hacia Huaylas para dar cuenta de la correcta misión y alistarse para la batalla.

Los huaylinos, con la información obtenida de la hermosa espía, organizaron su estrategia de defensa.

A su vez, el ejército inca marcha a la capital de Atun Huaylas confiados en una ocupación pacífica y recepción jubilosa.

Cusi Yupanqui y el gran ejército ingresaron en aparente calma hasta el centro de la fortaleza, y de pronto los aguerridos Huaylas iniciaron un feroz ataque.

Los relatos narran una sangrienta batalla, pero los incas lograron recuperar el orden y sometieron a los guerreros huaylinos, tomando prisioneros a oficiales y nobles; entre ellos Llulla.

Castigo y bendición

Al ser considerada una traidora, fue condenada a caminar en solitario, sin rumbo fijo, sin mayor abrigo y descalza por todo el Tahuantinsuyo a través del Qhapaq Ñan.

La princesa Huaylas abandonó la Cordillera Negra, cruzó la zona que hoy conocemos como Caraz y llegó al pueblo Huandy o Huandoy, ubicado en la falda del gran nevado.

Allí, débil y triste, Llulla con llanto inenarrable rodó por un pastizal hasta caer muerta a tierra firme. Durante su caída, las lágrimas formaron un hoyo de agua dulce, limpia y cálida.

El nevado, el gran Huandoy, al ver con ternura el cuerpo de la heroína, la cubrió con nieve y unió su deshielo al pozo de lágrimas. Esa mezcla originó un cauce, hasta formar un gran río.

El acto valiente de Llulla y la nobleza del Huandoy crearon no solo un río que los habitantes llamarón Llullán, sino una cuenca de gran riqueza agraria hasta nuestros días.

Leyenda rescatada de la tradición oral gracias a César Ángeles Caballero, con el libro Folklore Peruano, publicado en el año 1988.

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